En las montañas de Ataco, cuando el sol apenas se abre paso entre la neblina de la vereda Nueva Reforma, los cafetos comienzan a dibujar el paisaje de una historia distinta. Allí, en el predio Mata de Guadua, Fernando camina despacio, como quien ya no tiene prisa.
No siempre fue así.
Durante años, esta tierra fue apenas un punto más en el mapa rural del sur del Tolima. Hoy es el centro de un proyecto de vida que se construyó a pulso y que empezó a cambiar en noviembre de 2024, cuando la Agencia Nacional de Tierras le entregó el título del predio. Su predio.
A sus 44 años, Fernando habla poco, pero observa mucho. Revisa las hojas, aprieta la tierra entre los dedos, mira el fruto. En cada gesto hay algo de quien esperó casi una década para poder decir que este lugar le pertenece.
“Aquí estamos trabajando duro para sacar adelante el cultivo”, dice sin dejar de recorrer los surcos.
El café, en Mata de Guadua, no es solo un cultivo. Es una forma de resistencia.
La finca tiene 7,5 hectáreas, de las cuales cerca de cuatro están sembradas. Allí conviven variedades que mezclan calidad y productividad: Geisha y Borbón Rosado, reconocidas por su perfil especial, junto con miles de plantas de Colombia y Costa Rica que sostienen la cosecha.
Cada nueve meses, la tierra entrega cerca de 40 cargas. Pero más allá de las cifras, lo que realmente crece aquí es otra cosa: estabilidad.
En la finca trabajan cinco personas: tres jornaleros de la región, su esposa y él. Las jornadas comienzan temprano y terminan cuando cae la tarde, pero el cansancio, dice, ya no pesa igual.
Porque ahora el esfuerzo tiene sentido.
Fue en medio de una dificultad, sentado en el balcón de su casa, cuando nació “Sorbos de fe”. Así llamó al emprendimiento que hoy le da valor agregado a su café.
“Uno muchas veces se toma un café para pensar, para meditar… de ahí salió el nombre”, cuenta.
La idea era simple, pero poderosa: no solo cultivar, sino transformar. Pasar de vender el grano a ofrecer una experiencia. A contar una historia en cada taza.
Una historia que también escribe su esposa, Yeimi Cristina Guzmán, quien se forma en barismo y catación con un objetivo claro: abrir una tienda donde el café de la finca pueda ser degustado por otros.
“Tener nuestra propia tierra nos da la posibilidad de hacer realidad nuestros sueños”, dice.
En la región, donde por años la incertidumbre marcó el ritmo del campo, Fernando reconoce cambios que han facilitado mantenerse en pie. Habla de insumos más accesibles, de un entorno que, poco a poco, permite que más familias sigan cultivando.
Pero en Mata de Guadua, la transformación va más allá de lo productivo.
Se siente en lo cotidiano.
En la posibilidad de sentarse a la mesa, al final de la jornada, con una taza de café sembrado, cosechado y procesado por ellos mismos. En compartir ese momento con su hija. En saber que lo que antes parecía lejano, hoy es rutina.
El viento mueve los cafetos y el paisaje acompaña la escena. Lo que antes fue incertidumbre, ahora es arraigo.
En estas montañas del Tolima, cada cosecha cuenta una historia que durante años pareció improbable: la de una tierra que vuelve a manos campesinas y la de una familia que encontró en ella una segunda oportunidad.
Porque en Mata de Guadua, el futuro ya no se espera.
Se siembra.
Y se bebe, sorbo a sorbo, con fe.