En el campo de Ortega, las decisiones no siempre se toman mirando el calendario. A veces, basta con alzar la vista al cielo.

Eloísa Pérez lo hace desde hace décadas. Observa la luna, sus cambios, sus silencios. Y en ese ritmo encuentra el momento preciso para sembrar, podar o esperar. No es intuición, dice, es conocimiento. Uno que aprendió viendo a los mayores y que hoy sigue aplicando con la misma certeza.

“Cada fase tiene su tiempo”, explica, mientras recorre la tierra que ha trabajado toda su vida.

En su historia, como en la de muchas familias campesinas, la agricultura no se entiende sin esos saberes que no están escritos en manuales, pero que han pasado de generación en generación. Sembrar en luna creciente, evitar la menguante para ciertos cultivos, esperar el punto exacto en que la naturaleza da señales.

Es una forma de leer la tierra.

En medio de los debates modernos sobre productividad y tecnología, prácticas como la siembra guiada por las fases de la luna siguen vivas en zonas rurales del Tolima. No como una tradición aislada, sino como parte de un sistema de conocimiento que ha sostenido cultivos durante años.

Desde la Agencia Nacional de Tierras, este tipo de saberes comienza a ser reconocido como un componente esencial de la vida campesina. No solo por su valor cultural, sino por su aporte al desarrollo del campo.

Eloísa lo resume sin rodeos: “Así nos enseñaron, y así nos ha dado resultado”.

Su experiencia no se mide en cifras, sino en cosechas. En la resistencia de los cultivos, en la calidad de lo que produce la tierra cuando se respeta su ritmo.

En Ortega, donde el sol marca la jornada y la lluvia decide los tiempos, la luna sigue teniendo la última palabra.

Y aunque el mundo avance hacia nuevas formas de producir, en parcelas como la de Eloísa persiste una certeza: hay conocimientos que no envejecen, porque nacen de la tierra misma.

Allí, donde la noche cae y la luna vuelve a aparecer, comienza otra vez el ciclo.

Uno que no se aprende en libros, pero que sigue guiando, en silencio, el destino del campo colombiano